Wednesday, November 03, 2010

Apolo



“Busco la perfección de la forma. Lo hago con los retratos. Lo hago con las pijas. Lo hago con las flores.”
Robert Mapplethorpe


Flor, pija, retrato. Esa es la secuencia de Eros and Order.

Es lo contrario de lo que se cree. La obra de Robert Mapplethorpe, como la de todo contemporáneo –hijo de su tiempo- es, paradójicamente, extemporánea: un diálogo con lo pasado, con la temporalidad de otras épocas. Mapplethorpe buscaba la belleza total, apolínea; en el enclave de la estética nietzscheana la balanza no iría hacia Dionisos –el dios del exceso y el vino-, sino hacia Apolo –la razón, la medida-: lo bello mapplethorpiano –incluso en su virulencia y agresión- es mesurado. Efectivamente, Mapplethorpe procuraba, como él mismo lo sentenciaba, la perfección formal absoluta. Una perfección no facciosa: la obra de Mapplethorpe no es una producción del ghetto gay. Mapplethorpe incorporó el homoerotismo y la subcultura leather –sadomasoquista- de los años 70 y 80 de modo “natural”. Todos lo pueden apreciar. Mapplethorpe y Foucault son ejemplos analógicos, cuasi primos conceptuales y contemporáneos: su obras pivotearon en torno al cuerpo y el poder, ambos de familias católicas suburbanas, ambos fascinados por la cultura leather de San Francisco -dónde la música disco, y luego el house, era el soundtrack-, ambos muertos a causa del SIDA. Sus obras trabajan los atributos de un dispositivo católico incipiente: lo disciplinar –el placer/el dolor-, la perfección, la sistematicidad, el ritual, la ascesis, el control y la vigilancia. También podemos encontrar esta lógica en la cultura pop a través de figuras como Madonna o Lady GaGa: dos chicas católicas.

La condición gay de Mapplethorpe lejos de ser una restricción es una apertura, distante a un cercenamiento es más bien un plano totalizador: una condición de posibilidad para la percepción de su obra. En eso, vibra en la misma sintonía a otros grandes artistas homosexuales –Foucault, Proust, Genet, Wilde, Visconti o Mishima. Ahora bien, la obra de Mapplethorpe fue a contracorriente de su tiempo y por varias razones: 1) buscaba una belleza cuyo canon se encontraba más en la Grecia clásica, del siglo IV a.C, que en su tiempo, 2) utilizaba la cámara fotográfica como un pincel, es decir, una mera herramienta –evidentemente, no era un “fotógrafo”-, 3) testimonió su experiencia homosexual con la misma “naturalidad” que lo hizo con las flores, las esculturas o los retratos de las celebrities de los 80’s en New York, 4) nunca pretendió ceñirse a una facción.

En el estudio de Anne Wilkes Tucker sobre Eros and Order podemos leer lo siguiente: “La cuestión del poder es fundamental en la serie del sexo, pero también atraviesa todas las demás. “Todo es una cuestión de poder, de quién lo tiene y quién no”, afirmó el curador independiente Tim Wride en un reciente simposio sobre Mapplethorpe. “Su obra y su vida giran en torno a las relaciones de poder”. Del mismo modo, Germano Celant ha señalado que Mapplethorpe reveló estas relaciones de poder de maneras totalmente inesperadas. Fue capaz de materializar la fuerza y el poder allí donde uno esperaría fragilidad, tal como se ven en sus fotografías de flores”. Uno podría decir que las flores de Mapplethorpe –calas, orquídeas, tulipanes, crisantemos- no tienen procedencia natural, son más bien esas flores decorativas, cuasi artificiales –meras prótesis- que decoran los lobbies o los cuartos de hoteles y edificios de las clases acomodadas del Upper East Side de New York: flores urbanas que manifiestan, en su retorcimiento y complejidad, una suerte de diagrama disciplinario y vínculo de poder con el exterior –el florero, el marco, la mesa, la luz.

Dentro de los varios autorretratos que hizo Mapplethorpe, el caso del Self-Portrait de 1975 es de lo más sugestivo: su figura cortada –como solía reiterar, un procedimiento usual en su producción- el brazo extendido y la sonrisa en su hermoso rostro. Hay algo crístico en su expresión, como una parodia de crucifixión. La parodia y el juego con la autorreferencia sería algo que a Mapplethorpe le fascinaría de Andy Warhol –a quién admiraba profundamente. En el caso del retrato Louise Bourgeois –recientemente fallecida- tenemos una expresión similar –también la sonrisa- y el inmenso falo escultórico. La fotografía de Arnold Schwarzenegger (1976), cuando este había sido por quinta vez Mr.Olimpia, revela cierta concepción de corporalidad que Mapplethorpe volvió a sistematizar en la serie de retratos y la película que hizo con la primera físicoculturista norteamericana: la californiana Lisa Lyon. Schwarzenegger –y Lyon- es el modelo del cuerpo autoproducido por el gym: el bodybuilder californiano -forma de ascesis homosexual, el gym como territorio del ejercicio y producción de la subjetividad- encuentra en Arnold el mejor lugar. En los casos de los retratos de Ken Moody / Robert Sherman (1984) así como en Larry and Bobby Kissing (1979) encontramos algunas de las constantes de la obra mapplethorpiana: el hombre de color, el juego entre el fondo y la piel de color, el cuero –presente en las camperas de Larry y Bobby-. El retrato de Susan Sontag formará parte de sus últimas fotografías de intelectuales, estrellas y personalidades del circuito intelectual y artístico de New York, dentro del cual encontramos retratos de Andy Warhol, Donald Sutherland, Doris Saatchi, Grace Jones, los Talking Heads, entre otros.

En Just KidsÉramos unos niños, (trad. Lumen)- el bellísimo libro de memorias escrito por Patti Smith –primero novia, y luego entrañable amiga de Robert- ella lo describe como alguien absolutamente convencido de quién era y hacia dónde iba: “siempre supo que era un artista, y todos los sabíamos”, dice la poeta punk. Esa convicción es también el arma: Ícaro y Narciso. El sol y el agua. La muerte es irremediable cuando la búsqueda de la belleza es una misión tan radical que se termina pagando con la vida: se quema, se ahoga en su propia imagen.

Robert Mapplethopre murió el 9 de marzo de 1989, a los 42 años, por complicaciones relacionadas al SIDA. Su obra y su vida tienen, a más de veinte años de su desaparición, una belleza que conmueve, precisamente, por su radicalidad, por encontrarla en territorios extraños, por descubrir, entonces, que la propiedad de lo bello está más en la mirada que en el objeto del cual se predica –la vemos en el autorretrato de 1988, su cara ya deteriorada por la enfermedad, sus ojos hondos, como si fuera un alma vieja y noble. Robert: Apolo en New York.

***

(este artículo se iba a publicar en la edición N°14 de la revista Gata Flora. Cuya tapa sería Patti Smith a raíz del lanzamiento de Just Kids y de la exhibición de la obra de Robert Mapplethorpe en el MALBA, Eros & Order. Lamentablemente, la revista se discontinuó. Quizá salga en 2011. Pero quería compartirlo con mis amigos lectores).

***